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La polvareda de los milagros tardíos...(Novela de Mi Autoria)

La polvareda de los milagros tardíos

✍️ Idea artística y texto: Mari (María del Carmen Rosa Rojas y López)

🤖 Asistencia artística: Inteligencia Artificial

📖 Género: Realismo mágico / Ficción

El día en que los gallos del pueblo comenzaron a cantar al revés —anunciando el amanecer a medianoche y la sombra a las doce del mediodía—, nadie se extrañó demasiado. En Macorina, la gente había aprendido a convivir con la terquedad del tiempo mucho antes de que el primer cura llegara al pueblo con la sotana raída por las polillas. Sin embargo, lo que sí quitó el sueño a Mamá Gertrudis no fue el extravío de las aves, sino la certeza matemática de que la tierra de su patio estaba produciendo sombras sin cuerpo.

A sus ochenta y cuatro años, con la piel agrietada por cincuenta veranos de sequía y los ojos oscurecidos por una catarata que ella prefería llamar «neblina bendita», Mamá Gertrudis se sentaba en la mecedora de mimbre a contemplar las huellas que nadie dejaba.

—Ese es el difunto Eleuterio —decía hacia la nada, espantando una moscalla dorada con el abanico de plumas de pavo real—. Viene a buscar el reloj de leontina que le empeñó a mi padre antes de la guerra de los mil días. Decile que no joda, que el reloj se lo comieron los termitas en el noventa y dos.

Nadie le contradecía. En Macorina, llevarle la contraria a los viejos era un pecado que se pagaba con siete años de mala suerte en las cosechas de yuca.

El pueblo yacía suspendido entre un río de aguas lentas que olía a guayaba podrida y una cordillera de cerros azules donde las nubes se quedaban atascadas durante semanas. Durante tres décadas no había nacido un solo niño con los ojos claros, ni había muerto nadie de muerte natural; los ancianos simplemente se iban volviendo transparentes hasta que una tarde de viento fuerte se disipaban en la plaza principal como una ráfaga de harina.

Fue un martes de sopor inaguantable cuando apareció el forastero. No llegó a caballo ni a pie, sino a bordo de un carromato de madera pintado de amarillo chillón, arrastrado por dos mulas viejas que caminaban con la pausada dignidad de los arzobispos.

El hombre se llamaba Baltazar Florido, aunque todos terminarían llamándole El Alquimista del Olvido. Traía el cabello ensortijado cubierto de polvillo de mariposa, una chaqueta de terciopelo verde gastada en los codos y la sonrisa triste de quienes han recorrido todos los caminos del mundo solo para descubrir que todos llevan al mismo lugar.

En la plaza, bajo la sombra de un matapalos centenario cuya copa cobijaba a media población, Baltazar abrió los portones de su carromato y no ofreció pócimas para el amor ni jarabes contra la neumonía. Sacó una pequeña campana de bronce, la hizo sonar tres veces con un tañido que recordó a todos el olor del pan recién horneado, y anunció con voz de barítono:

—¡Vengo a comprarles las penas que ya no les sirven para nada!

Los vecinos, que hasta ese momento lo miraban con la desconfianza propia de quien ve a un circo llegar sin animales, se acercaron con paso lento. La primera en dar un paso al frente fue la viuda de Alarcón, una mujer que llevaba cuarenta años vistiendo un luto tan severo que las palomas se desmayaban a su paso.

—¿Cuánto paga por el lamento de un amor que se ahogó en el mar? —preguntó la viuda, fijando en el forastero dos ojos que parecían dos pozos secos.

Baltazar Florido extrajo de su bolsillo un frasco de vidrio soplado, transparente como la luz de la mañana, y lo sostuvo a la altura de los labios de la mujer.

—No pago con monedas, señora mía —respondió el hombre con una reverencia pulida—. Pago con la gracia del espacio libre. Déjeme su pena en este frasco y mañana se despertará recordando el nombre de su marido, pero no el dolor de su ausencia.

La viuda suspiró. Fue un soplo largo, denso, cargado de hollín y recuerdos de sal. El aire dentro del frasco se volvió de un color azul cobalto, denso como la mermelada. Baltazar le puso un tapón de corcho, selló la boca con cera roja y sonrió. Al día siguiente, la viuda de Alarcón salió a la calle vistiendo un vestido de flores amarillas y cantando un bambuco que nadie escuchaba en el pueblo desde hacía medio siglo.

A partir de esa tarde, Macorina se convirtió en una romería de nostalgias desahuciadas. La gente hacía fila bajo el sol abrasador para desembarazarse de rencores contra hermanos muertos, desengaños amorosos que hervían en la sangre y remordimientos por deudas jamás pagadas. En pocos días, las estanterías del carromato de Baltazar resplandecían con cientos de frascos coloridos que reverberaban bajo la luz de la luna como luciérnagas aprisionadas.

Pero todo pueblo con vocación de mito tiene una grieta por donde se le cuela el destino.

La noche del viernes, cuando el aire olía a azahar y las mulas de Baltazar dormitaban bajo el porche de la alcaldía, Mamá Gertrudis bajó de su mecedora. Apoyada en su bastón de guayacán, caminó con paso firme hasta el carromato. El forastero, que contaba sus frascos a la luz de un candil de querosén, se puso de pie de inmediato.

—Usted no necesita venderme nada, anciana —dijo Baltazar con un matiz de profundo respeto—. Se le nota en la sombra que ya ha perdonado a la vida todo lo que la vida le debía.

—No vengo a venderte mis penas, muchacho —contestó la vieja, clavando en él sus ojos empañados pero certeros—. Vengo a advertirte. Estás dejando a este pueblo sin peso. Un hombre sin dolor es como un cometa sin hilo: cualquier brisa tibia se lo lleva.

Baltazar sonrió con cierta suficiencia, arropado por la vanidad de los bienintencionados.

—Les estoy devolviendo la paz, abuela.

—Les estás robando la memoria —sentenció Gertrudis, golpeando el suelo con el bastón—. El dolor es el ancla que nos sostiene en este suelo de alacranes. Si les quitas la tristeza, ¿con qué van a medir la alegría cuando les llegue?

Antes de que Baltazar pudiera responder, un crujido sordo retumbó desde las entrañas de la tierra. No era un terremoto. Era algo peor: el río de aguas lentas había comenzado a correr hacia atrás, devolviendo las ramas caídas y las hojas secas hacia la cabecera de la montaña. En la plaza, los frascos de la estantería del carromato empezaron a vibrar, chocando unos contra otros con un repiqueteo de cristales que sonaba como el galope de un ejército invisible.

El sello de cera del frasco azul de la viuda de Alarcón saltó por los aires. Luego el de un frasco verde. Luego el de otro carmesí. Las penas guardadas, hambrientas de carne y hueso, comenzaron a escapar en forma de un vapor luminoso que buscaba desesperadamente el pecho de sus antiguos dueños.

Baltazar Florido entendió entonces lo que Mamá Gertrudis le había dicho: Macorina no era un pueblo olvidado por Dios, sino un lugar sostenido únicamente por la fuerza de sus propios secretos. Y esa misma noche, mientras la polvareda de los milagros tardíos envolvía las casas de barro, la verdadera historia del pueblo estaba a punto de comenzar...

Gracias por leer esta historia en mi blog. Podés dejar tu comentario abajo.

— FIN —

💭 Notas de la autora

¡Hola a todos! Gracias por acompañarme en este viaje por los rincones de Macorina. A veces las historias nacen de preguntarnos qué pasaría si pudiéramos desprendernos de nuestros dolores más viejos... y si al hacerlo no perderíamos también un pedacito de lo que somos.

Me encantaría saber qué les pareció el encuentro entre Mamá Gertrudis y Baltazar. Si Baltazar pasara hoy por sus puertas con su carromato de frascos coloridos... ¿se animarían a dejarle alguna pena o preferirían guardarla como ancla, como decía la abuela?

¡Los leo con mucho cariño en los comentarios! 👇✨

✍️ María del Carmen Rosa Rojas y López (Mari)
Obra registrada. Todos los derechos reservados.

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